jueves, mayo 11, 2006

Reducción al absurdo (2)

Pongamos un ejemplo más ambicioso.
Pensemos en el universo actual tal y como lo conocemos (o como lo desconocemos) salvo en un aspecto: que en ninguno de sus rincones hubieran surgido los animales.
Durante miles de millones de años entre su nacimiento en una gran explosión y su muerte (por ejemplo una muerte térmica donde toda la energía estuviera perdida y dispersa), maravillas: infiernos ardientes que acaban en una gran explosión roja o en un abismo de oscuridad...; mundos con dos soles en el cielo, que alternan sus luces y a veces las mezclan, y donde la luz y la oscuridad tienen ritmos más complejos que la simple sucesión de días y noches; planetas con varias lunas y noches luminosas, pero de una luz fría y espectral; otros, con un cielo siempre estrellado porque el sol brilla tan lejano, que se confunde con las estrellas; algunos con una vida vegetal que los cubre embelleciéndolos, pero que no sabe que existe; erupciones volcánicas, tormentas, lluvia, suaves brisas, mares, playas, piedras...
Y todo regido por hermosas y sencillas leyes.
*
Y en todos esos miles de millones de años no habría habido ojos que vieran esas maravillas, ni oidos que las escucharan, ni pieles que sintieran el tacto de las cosas...
Y no habría habido, tampoco, inteligencias que las comprendieran.

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